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Opinión

Se fue como llegó: con poco fútbol

Morena Beltrán

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El Millonario se consagró campeón de América por cuarta vez luego de vencer 3 a 1 al Xeneize en el Santiago Bernabéu.

El fútbol está lleno de matices. No hay un solo camino que conduzca a una respuesta. Miles de factores influyen, constantemente, en la toma de decisiones de los jugadores dentro de un campo de juego. No existen las verdades absolutas. Sí las posibilidades. Y también las probabilidades. Es por eso que, a partir de la materia primera en poder, el entrenador debe establecer una idea de juego y fijar un rumbo. Trabajar y crecer desde el mismo y extremar lo más posible las probabilidades para someter al rival desde ese plan, potenciando, a través de la simbiosis entre los futbolistas, el talento individual. La famosa «identidad». Lo que forjó Gallardo desde su llegada a River, y la tarea incumplida por Guillermo desde las lesiones ligamentarias de Gago y Benedetto. Ambos, por lo bueno y lo malo, quedaron expuestos en su contemporaneidad.

Si los goles de la ida en la Bombonera fueron desacordes al trámite del encuentro, en la vuelta, la lógica se encargó de hacer justicia. El Bernabéu, teñido por los colores más representativos del fútbol argentino, fue escenario de un partido que pintaba tímido pero que perdió, gradualmente, la compostura cuando el final se aproximaba. El plan de Guillermo, sin un recambio que se ajuste al mismo, quedó obsoleto luego de 45 minutos muy correctos en defensa. En un plantel muy desgastado físicamente, la vocación, el corazón y la fiereza de Nahitan Nández y el talento de Darío Benedetto no alcanzaron. La falta de piernas, producto de la falta de juego, le pasó factura en el segundo tiempo. El antagonismo puro y duro de un River que supo sufrir, no perder la cordura ante la adversidad, reinventarse a través de las modificaciones e, incluso, tener la suerte de su lado. Un Barros Schelotto terrenal volvió a quedar expuesto frente al cuerpo técnico de Núñez. En el historial reciente, un clásico del Superclásico.

Formaciones iniciales:

Boca: Esteban Andrada; Julio Buffarini, Carlos Izquierdoz, Lisandro Magallán, Lucas Olaza; Wilmar Barrios, Pablo Pérez, Nahitan Nández; Cristian Pavón, Sebastián Villa y Darío Benedetto.

River: Franco Armani; Gonzalo Montiel, Jonatan Maidana, Javier Pinola, Milton Casco; Ignacio Fernández, Leonardo Ponzio, Enzo Pérez, Exequiel Palacios, Gonzalo Martínez y Lucas Pratto.

A continuación, una cronología de las claves tácticas de la final en el Bernabéu:

1′ al 38′. Sometimiento táctico de Boca.

Guillermo soltó en la cancha un 4-5-1. Si bien en planilla la formación indicaba un 4-3-3, por el rol y la función que cumplieron los extremos podemos afirmar que Boca construyó una línea de cinco volantes. ¿El objetivo? Corregir dos errores puntuales, y graves, que había sufrido en la ida: River perforó al Xeneize haciendo el campo bien ancho, con los laterales, partiendo a la altura de los volantes, predispuestos a profundizar constantemente y con pases entre líneas de Martínez Quarta a Martínez y, sobre todo, a Palacios a espaldas de Barrios y Pablo Pérez. Guillermo arriesgó a menguar la peligrosidad de Pavón y Villa a cambio de equilibrio defensivo: el colombiano se encargó de enjaular a Casco y el cordobés ocupó el flanco izquierdo, en tándem con Olaza, en el intervalo Fernández-Montiel. Benedetto se ubicaba entre el zaguero en posesión y el volante cercano: Pinola-Ponzio o Maidana-Pérez.

El repliegue le dio resultado: durante ese periplo, River, en reiteradas ocasiones, acumuló muchos jugadores detrás de la primera línea de presión de Boca. Enzo Pérez y Ponzio no se escalonaban, sino que se posicionaban en línea, limitando a su equipo a perder distintas alturas de pase en salida. Y cuando Palacios o Fernández intentaron recibir entre líneas, el pase fue interceptado por los volantes o recepcionaron de espaldas y mal perfilados, forzados al error. Gonzalo Martínez, sombreado por Buffarini, no tuvo contacto con el balón cuando fue buscado a través de envíos largos.

 

39′ a 45′. Boca y un gol de Champions League. 

El partido se despertó sobre el final del primer tiempo. Boca, que se había concentrado más en neutralizar a River, poco daño le había causado a Armani: solo dos tiros despilfarrados por Pablo Pérez -una tijera atajada por el arquero y un remate en el área chica desviado por Casco- ambos provenientes del rebote de una pelota parada. Luego de un centro atrás de Buffarini, arma a la que el Xeneize se limitó a usar para atacar los primeros 40 minutos, Enzo Pérez tuvo tiempo de pensar y direccionó el despeje para Gonzalo Martínez, quien desató el contragolpe (y también lo definió). Fueron cinco minutos de rabia, en los que algunos se liberaron de tensiones y olvidaron la mochila con la que cargaban y otros se vieron perjudicados por el nerviosismo. Andrada, en el afán de evitar un córner, le regaló la pelota al Pity Martínez, quien apresuró su decisión y fue obstruido por Izquierdoz. La pelota, luego de una serie de rebotes, yació en los pies de Casco, quien envió el centro atrás para la llegada de algún compañero. En el borde del área, Boca recuperó y Nández, poseído por Juan Román Riquelme, asistió a Benedetto con una pelota imposible entre líneas. Recorte hacia dentro del Pipa para que pasara de largo Maidana y exquisita definición al palo izquierdo de Armani.

 

45’ a 58’. Nacho Fernández como antídoto para iniciar al remontada.

El simple ajuste de posición del mediocampista de River fue fundamental para modificar la presencia de su equipo en campo rival. Escorado por la izquierda en el primer tiempo, atorado por Pavón en su mayoría, se centró a espaldas de un Pablo Perez muy limitado físicamente. A partir de su posicionamiento y el de Enzo Pérez como único cinco en salida, River logró avanzar con opciones de pase a distintas alturas y comenzó a tejer peligro entre líneas. La pelota viajaba más rápido y Boca, que se había desgastado en el primer tiempo intentando neutralizar, no lograba acortar recorridos y empezó a sufrir el desgaste. Como consecuencia, se replegó aún más cerca de su arco.

 

58’ a 92. Juan Fernando Quintero, el detonante terminó de pronunciar la caída de Boca.

El colombiano ingresó por el capitán Leonardo Ponzio, quien estaba amonestado y había aportado muy poco -desde su posicionamiento e intervenciones- en materia de juego, y profundizó la herida por la que River estaba abriendo a Boca: el pase entre líneas y la amplitud del campo. Partiendo de la derecha hacia el medio, se posicionó por delante de Enzo, dejándolo como único cinco, y con su zurda prodigiosa comenzó a manejar los hilos del equipo. Con cambios de frente y toques finos para penetrar la espalda de Barrios y Pérez incrementó sociedades, le dio mayor protagonismo entre líneas a los volantes y River empezó a manejar muy bien el ancho del campo. Mientras Boca se sepultaba en indecisiones de Pavón y Wanchope en ataque, la dinámica de los de Biscay daba un giro de 180 grados. El gol de Pratto proviene de otra recepción entre líneas de Nacho Fernández quien, inmediatamente, condujo, superó en velocidad a Pablo Pérez y ensayó una pared con Exequiel Palacios. Magallán quedó a mitad de camino y el volante lanzó el centro atrás para la irrupción de Pratto.

 

92’ a 108’. Boca resistiendo el empate con diez jugadores.

Y si algo le faltaba a Boca… En el inicio del alargue, Andres Cunha, de flojísimo arbitraje (pobres decisiones para ambos lados), expulsó al volante central de Boca, Wilmar Barrios, por una inexistente falta a Gonzalo Martínez luego de disputar la pelota. Segundo momento bisagra del partido. A partir de aquel momento, el Xeneize se desmoronó tácticamente y fue puro corazón, sobre todo el de Nández. Se acomodó en un 4-4-1, con el mismo Nandez por derecha, Jara y Gago en el centro, Pavón por izquierda y Ábila como única referencia. Pero para ese momento, River ya acentuaba, con mucho espacio, un dominio que parecía irreversible. Con la entrada de Álvarez por Palacios, reaparecieron las triangulaciones entre volantes-laterales y delanteros y se agudizaron las apariciones entre líneas en el espacio desocupado por Barrios. Un clásico de la riqueza táctica de River. El mediocampo de Boca era tierra de nadie. O peor, tierra de River.

 

Así, Quintero, se desmarcó, deshaciéndose de la marca de Jara, recibió de Mayada por la derecha y con un fantástico control orientado se sirvió la pelota para sacar un zurdazo imposible para Andrada. Un verdadero golazo del colombiano, quien desde su ingreso había probado tres veces al arco.

109’ a 120’. Boca, por la épica.

Luego del 2-1 del colombiano, el Xeneize, plagó de centros el área de Armani. Incluso Andrada, quien mide 1.90, se animó a salir jugando hasta mitad de cancha y fue a cabecear en más de una oportunidad faltando diez minutos. En ese interín, Fernando Gago remató una vez al arco, Camilo Mayada casi hace un gol en contra producto de un errático cabezazo y Leonardo Jara estrelló una pelota en el palo derecho. Para coronar un final de película de suspenso: el ex 5 de la selección se rompió (por tercera vez) el talón de Aquiles frente a River y, luego de un córner, Gonzalo Martínez emprendió una corrida legendaria para asestar el zarpazo en un arco sin portero.

El incomprensible armado del banco de suplentes, la poca reacción táctica para reacomodar las piezas en un plan B y un desgaste físico poco comprensible luego de tantos días de preparación: de cuento de hadas a película de terror. El partido a Boca se le plagó de catástrofes. Aunque obviar el contexto de semejante análisis sería imprudente e incorrecto: el Xeneize llegó a la final de la Copa Libertadores mezquinando el juego, triunfando a partir de héroes aleatorios que, por sus grandes condiciones en materia de talento, pudieron abstraerse de un panorama que, colectivamente, casi nunca fue alentador. Un equipo que nunca asumió el protagonismo y la exigencia que su materia prima le demandaba y que siempre supo adaptarse desde la ventaja propia (en los partidos de ida en la Bombonera) e intentando desnaturalizar al rival. Una estrategia sencilla pero muy arriesgada, puesto que si el mismo (rival) halla una manera de contrarrestar dicha oposición ya corre con la ventaja de prosperar desde una idea aceitada y trabajada con pelota, la máxima enemiga cuando está en poder del otro.

De la incertidumbre a la certeza: el fútbol premió a un River que, con un banco de suplentes diezmado y un resultado en contra, nunca desistió de su funcionamiento y sus convicciones, polo opuesto de un Boca que hasta el domingo en el Bernabéu pretendía renovarse escarbando en un espejo mentiroso: el resultadismo.

Sismos como este pueden desatar dos consecuencias: desencajar todo de su eje para que, en la búsqueda de la reconstrucción, se modifiquen horizontes, proyectos y mano de obra con optimismo y ganas de evolucionar; o una quietud preocupante, subsanada con parches, que tarde o temprano se caerán y no revertirán haber tocado fondo. River lo hizo en 2011. Le toca a Boca a reponerse.

Morena Beltrán
Coord. periodística y edición de Sector Bostero
Periodista. Los talentosos siempre en cancha.
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